Efectos costeros

A todos nos gustaría encontrar la fórmula para poder predecir el comportamiento del viento, entender sus caprichos, y sin embargo las sorpresas no dejan de sucederse. Si bien podemos afirmar casi con rotundidad que las predicciones náuticas a nivel sinóptico son casi infalibles a uno o dos días vista, seguimos encontrando encalmadas y rachas inesperadas. En una época de tiranía tecnológica, los efectos locales se erigen en el último desafío al instinto marinero del patrón.

El viento, como resultado de una relación entre formas isobáricas y gradientes de presión, se desarrolla siguiendo patrones lógicos en altura (hasta 500 mts) pero al contactar con la superficie su comportamiento se vuelve menos predecible en función de lo que encuentre: aguas frías o templadas, costas llanas o pretenciosos acantilados, ríos, desembocaduras, bahías rodeadas de altas montañas....  Todo provocará una reacción diferente en nuestro tan preciado combustible y aunque siempre indescifrable al cien por cien, podemos obtener unas pautas para intuir lo que ocurrirá en una zona particular.

Para un mismo mapa sinóptico deberemos evaluar una serie de variables que según se combinen nos darán una resultante en superficie diferente en muchos casos. Esto puede resultar especialmente útil al regatista en su club habitual o al navegante que suele repetir con frecuencia una misma travesía: no son pocas las veces que nuestra experiencia se ve sorprendida al constatar que ante situaciones sinópticas iguales, ante partes meteorológicos idénticos pero en momentos diferentes del año, nos encontramos en condiciones sustancialmente diferentes. No lo solemos decir en voz alta, pero lo cierto es que estamos absolutamente desconcertados.

El primer concepto esencial a tener claro es si estamos ante una masa de aire estable o inestable. Básicamente podemos hablar de que cuando la superficie se calienta y con ella el aire en contacto, este se calienta y asciende. En esta atmósfera inestable daremos lugar a que viento en altura descienda y nos permita que el viento de gradiente se transforma en viento en superficie. Y seguramente para ese mismo parte y mismo lugar de la tierra en invierno sonará una canción totalmente diferente, con una suave o inexistente brisa en superficie. Las superficies frías no provocarán convección y por tanto dificulta el descenso del viento de gradiente hasta superficie. Lo mismo ocurrirá en situaciones de inversión térmica, donde la inhabitual masa de aire caliente en altura imposibilita la convección y por tanto la circulación vertical: la chimenea está bloqueada.

No será difícil por tanto descifrar si el viento de gradiente podrá manifestarse en superficie. Pero esto no es más que el inicio de la investigación. La dirección que sople respecto a la costa puede tener consecuencias que no aparecerán en el parte bajado de internet.

En los vientos terrales, por ejemplo, además de su carácter racheado experimentamos un role a derecha de unos 10-15 grados a medida que nos alejamos de la marina. El role será más próximo a la costa tanto más cuanto inestable sea el aire.

En los vientos paralelos a la costa nos encontraremos con los efectos conocidos de convergencia y divergencia, que básicamente refuerzan o debilitan al viento de gradiente. Como se puede deducir con el ejemplo de los viento terrales el viento tiende a rolar a izquierdas al pasar del mar a tierra por su menor rozamiento sobre el agua. Esto provocará que en proximidades de una costa a nuestro estribor (popa al viento) encontraremos un aumento significativo del viento y algo más rolado a izquierdas, produciéndose el efecto contrario en las costas que nos queden a babor. La decisión de la estrategia clásica de salir a mar abierto para encontrar mayor presión no siempre está justificada.

Los acantilados e islas también presentarán características especiales que más nos vale observar. En la proximidad de los acantilados con vientos perpendiculares a estos encontraremos amplias zonas de turbulencias ya sea por un efecto de sombra (mar a sotavento del acantilado) o de colchón (mar a barlovento del acantilado), donde incluso, en el caso de los acantilados a sotavento podemos experimentar un viento contrario al que estábamos navegando unas millas mar adentro. Para intentar descifrar el alcance y profundidad será vital tener en cuenta la altura de la costa.

Con las islas encontraremos una buena sinopsis de los efectos locales descritos hasta el momento: convergencia y divergencia en los costados alineados al viento (y unas cuantas millas más allá del islote) , que y posibles efectos de sombra y role a la derecha a sotavento de la isla.

Los efectos de los ríos, en especial en aguas con marea, pueden tener unos efectos nada desdeñables. Además de los deducibles efectos de canalización y role en las proximidades de la desembocadura podemos observar otros cambios más sutiles según la temperatura del agua aportada por la marea. En verano, por ejemplo, en periodo de vaciante el agua aportada a la costa será más caliente que la del propio mar creando una mayor inestabilidad y reforzando el viento y rolando el viento a izquierdas. El efecto contrario puede observarse en invierno.

En general cualquier cualquier encuentro de masas de agua de diferentes temperaturas producirá un efecto similar de role y refuerzo/debilitamiento.

Y si todas estas variables nos parecen pocas, tenemos que añadir por supuesto las brisas costeras y las nubes que vayamos encontrando. Las formaciones nubosas por si mismas constituyen efectos locales en movimiento, provocando cambios sustanciales en el viento. Es tal su influencia en la navegación y tal su complejidad que deberemos abordarlo en un artículo aparte.

El parte meteorológico, por tanto, es el comienzo, la base, que la completaremos con los efectos producidos por la orografía costera.

 

Dani de Bita