La evolución del arte de la navegación y posicionamiento experimentó su última revolución con el desarrollo de la instrumentación electrónica en los últimos decenios del siglo XX. Travesía tras travesía, civilización tras civilización, el marino había observado el cielo y lenta, pero inexorablemente, había construido una gran atalaya de conocimiento astronómico que prácticamente de un día para el otro quedó relegada al fondo de la biblioteca. La irrupción del Gps supuso un cambio casi tan importante para la náutica como lo fue la invención del cronómetro en su momento. De la estima a la certeza (casi) absoluta de tu posición.

A partir de la irrupción del global positioni ng system ya no volvimos a sentirnos perdidos al tener acceso a nuestras coordenadas con un irrisorio margen de error y de manera inmediata. Sin embargo pagamos por ello un alto precio: la gran mayoría dejamos de buscar la información en los astros y planetas. Nuestra atención se desvió del cielo hacia la pantalla de la instrumentación. La astronomía náutica, si bien continúa siendo materia curricular en las titulaciones superiores, se ha convirtió en anecdótica, propia de navegantes románticos. Es cierto que todo aquel habilitado para la navegación oceánica habrá practicado una recta de altura en alguna ocasión pero no es menos cierto que seguramente lo habrá olvidado todo al cabo de un par de semanas y no lo habrá vuelto a poner en práctica.

Unos mínimos conocimientos astronómicos se hacen necesarios en navegaciones de altura. Saber encontrar la latitud con una sencilla meridiana o comprobar si el compás se ajusta a su tabla de desvíos pueden significar una gran diferencia en el éxito de tu travesía. Aún hoy día todo aquel que desea atravesar océanos incluye un sextante y un almanaque en su equipamiento. Y de la misma manera que ocurre con la navegación costera, cuanto más se practique más sencillo resulta. Uno contará con cartas naúticas, agujas de demora, compases de puntas y toda la bibliografía necesaria para dar la vuelta al mundo, pero si no se tiene una mínima traza para tomar una demora o la altura de un astro, los resultados serán siempre decepcionantes.

Sin lugar a dudas sería un error no asimilar las nuevas tecnologías y hacernos la vida más fácil y segura. Nadie lo puede discutir. No obstante, sería igualmente erróneo firmar la exclusividad a bordo con la electrónica: por improbable que sea, siempre existe la posibilidad de que deje de funcionar y entonces ¿qué? ¿que haríamos en caso de recibir un rayo que nos funda, entre otros dispositivos, el plotter? Es entonces cuando mirariamos al cielo sin saber muy bien qué hacer...

Otro motivo por el cual no debemos dejar de practicar alturas, azimutes y cambio de horarios es que nos va a permitir vivir mejor nuestra travesía. El escenario donde desarrollamos nuestra aventura se mueve constantemente, las estrellas pasean por el firmamento dándonos una información valiosísima. Poder reconocerlas e interpretarlas con agilidad nos permitirá integrarnos mejor en la experiencia, dándole el cariz tridimensional que necesitamos para ser plenamente conscientes que nos desplazamos por una esfera en lugar de un plano, que esa esfera se encuentra en rotación infinita y que nosotros, los protagonistas de la historia, resultamos insignificantes entre semejantes magnitudes.

Y todo ello gracias a un instrumento que podría ser considerado “prehistórico” para las nuevas generaciones: sin display ni batería; un arco graduado y unos pocos espejos obran el milagro.

Hoy en día lo que nos plantea la navegación astronómica es una cuestión hedonista, filosófica, tanto más cuanto hablemos de navegantes de recreo. S e trata del placer de la navegación . Es cierto que para cumplir con nuestro objetivo de llegar a destino nos basta con bajar los partes meteorológicos correspondientes, estimar un rumbo y seguir a los instrumentos. El anemómetro nos dirá cuando sube el viento y se hace necesario poner un rizo. Sin embargo, es una información que también se puede conseguir “sintiendo” al barco. Podemos saber si tendremos lluvias por el camino si tenemos un parte actualizado pero es infinitamente más placentero sentir el role del viento, descifrar rachas entre las tonalidades del azul, claudicar ante la magnificencia de un cumulonimbo que viene hacia ti. Mantener vivo el instinto. Lo mismo sucederá cuando pasas horas esperando vislumbrar por la proa la luz del faro que te anuncia el fin de la travesía, al otro lado del océano. Varios días de estimaciones, cálculos, para dar con una espera llena de incertidumbre. El éxito final nunca está asegurado. Es lo más parecido a la magia que podemos encontrar en nuestros días. Siempre será más estimulante encontrar la salida a un laberinto por deducción y esfuerzo personal que por utilizar una aplicación en mi teléfono móvil.

Y este, en definitiva, es la clave del asunto: el porqué navegamos, ¿es un transporte o es una experiencia? ¿se trata de desplazarnos sobre el agua o de deslizarnos entre los elementos y contactar con la naturaleza?

En esta época en que vivimos a tanta velocidad, que intentamos abarcar tanto que no damos un minuto por perdido, puede resultar terapéutico echar un vistazo al cielo y descifrar su información. Salimos al mar en parte por eso, para buscar el hechizo magnético de un compás que nos orienta, de un viento que nos empuja y de un sol naciente que nos indica que la tierra sigue girando.

Dependerá de nosotros el optar por mantener la mentalidad urbanita o simplemente dejarse llevar y desconectar. Los objetivos deberían simplificarse a bordo: llegar sanos y salvos a destino, lo demás es secundario.

Y es por ello, porque ante todo hemos de llegar enteros a destino que nuestra embarcación deberá contar con plotter, radio, radar, ais y toda la tecnología que nos sea posible: para poder tener la oportunidad de apagarlos de vez en cuando. Una cosa es ser un romántico, otra muy diferente es ser temerario.

Relájate, pon proa al horizonte y prepara el sextante. El universo te espera. No te arrepentirás.

Dani de Bita

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