Los excesos de la experiencia

Esta historia es de las buenas. Relato real, sin ficciones, historia con nombres y apellidos que obviamente esconderemos. Es muy fácil herir sensibilidades cuando describes un acontecimiento en cual nunca tomaste partido, conoces de oída y donde la propia imaginación pretende rellenar los blancos que presenta la narración.

Situemos los hechos: una importante regata internacional, una de pedigrí, donde las mejores tripulaciones se reúnen para competir con sus sofisticados y modernos veleros. Cascos limpios y jarcias inmaculadas, donde hasta el más minúsculo grillete ha sido revisado. Equipos adiestrados, maniobras coreografiadas, drizas marcadas y las polares ben visibles: tan minuciosa es la búsqueda de la perfección; navegaciones a la décima de nudo y grados de escora, routages y disciplina militar.
Nuestra tripulación protagonista se encuentra en pleno traslado de la embarcación, atravesando la noche a unos buenos 12-14 nudos bajo unas condiciones cada vez más severas: rachas de 30 nudos por aleta y mar gruesa. Y nuestros amigos, a todo trapo, a tope, que el barco aguanta…

Hace unos cuantos años ya, cuando aún me colaba, hambriento en mi ignorancia, en toda tripulación que pudiese para aprender los secretos de este tipo de navegación, (que sin duda los tiene y muchos: con el paso de los años he aprendido que la eficiencia de un velero es una ciencia inagotable), en una de estas singulares regatas, como digo, escuché al patrón de mi barco responder a las dudas de un tripulante sobre la idoneidad de tomar un rizo: “navegar con rizos es como navegar con las defensas puestas”. Recuerdo como no conseguí entenderlo (escoras más allá de las líneas de diseño, timones ardientes que rompen la hidrodinámica, orzadas…) pero lo acepté, tal era el aura que avalaba al navegante. Es más, he de reconocer que hasta muchos años después, al verme en situaciones similares, me resistía a la maniobra preventiva por un orgullo oscuro e irracional. No era de buen navegante, lo que había que hacer es tener un trimmer de mayor perfecto, de esos que le sacan fuego a la escota, que le dan a la vela más movimiento que un abanico. Cuento esto porque muy a mi pesar el orgullo y las buenas maneras están muy presentes en la náutica. Y en ocasiones esta suficiencia alcanza el grado de imprudencia.

Pero sigamos con los hechos, pues no están claros. Algún diario habló de que se dispusieron a arriar la mayor, otros de trasluchada involuntaria… algo pasó, algo que seguramente solamente sabrán ellos, tan herméticos resultan algunos accidentes. Yo me inclino por la trasluchada: mucho trapo, viento y oleaje. Quizás la proa clavada en alguna ola, el barco se frena considerablemente y una ola que te levanta la popa y ¡zas! todo cambia en un instante. La botavara barre todo lo que encuentra a dos metros de cubierta y contra escora la embarcación con el efecto de una catapulta. Si estabas en barlovento ahora te encuentras en sota a dos palmos del agua. Eso si has tenido la suerte y reflejos de poder agarrarte a algún sitio. De lo contrario, el chapuzón esta casi asegurado.

Y por lo que se comenta en algunas sobremesas de algunos clubes marítimos nuestro protagonista descansaba tumbado en uno de los costados de cubierta. Un experimentado armador, pasados los 80, con toda una vida dedicada a la vela a sus espaldas. En esa duermevela típica de la navegación de madrugada, nuestro amigo dejaba descansar su cuerpo sin que su mente se alejara demasiado de las sensaciones que le trasmitía su querido velero. Allá tumbado, entre el oscuro viento de la noche y los rociones de un mar impetuoso, allá, en cubierta, sin chaleco y sin atar.

Aquí debemos fundir en negro durante unos segundos hasta el siguiente fotograma conocido: un golpe en el rostro y caída al agua. Se comenta que hubo otro tripulante aspirante a náufrago pero pudo agarrarse a cubierta lo suficiente para que los compañeros pudieran subirlo a bordo.
Y lo que sigue a continuación en realidad poco importa. Si se hicieron las maniobras de búsqueda y salvamento correctas, si la tripulación entró en pánico o no, si los resortes y automatismos de seguridad estaban bien engrasados (apuesto que la arriada de spi en regata estaba entrenada hasta la extenuación), no importa. El hombre ya estaba en el agua, se había dado la desgracia: creo que no se debería opinar sobre el comportamiento de las personas en situaciones reales de peligro y más en estas circunstancias. Debes ser aliado del azar para encontrar una cabeza entre las olas negras de una noche como aquella.

Se coordinó una búsqueda por parte de Salvamento y tras más de cuatro horas, ya al amanecer, nuestro amigo fue encontrado y felizmente rescatado. No creo exagerar si digo que muchos ya no creían posible encontrarlo con vida, tanto tiempo en la oscuridad, en el frío, tan mayor él y sin ayudas a la flotabilidad. Resulta que fueron los pantalones los que jugaron un papel fundamental: flotaban lo suficiente para dar tranquilidad al náufrago.

La espera del rescate sería sin duda un relato épico, imagínense lo que es mantener la calma y no agotarse cuando te encuentras mojado, frío y solo en mitad de la nada, de un universo que nos es ajeno, del cual solo tenemos derecho de paso. Esta espera sería, como digo, un magnífico relato psicológico, el cual no me atreveré a fabular, ya que excede de largo a mis aptitudes.

¿Por qué escribo esta historia entonces?

Porque he echado de menos una declaración del náufrago. Una declaración auto inculpatoria, expiatoria si se quiere (quizás la ha habido y los medios no la han creído importante). Mucho me temo que, como yo mismo en mi tiempo, los que se inician en este maravilloso deporte (que sin exageración se podría calificar estilo de vida), pecan de un mimetismo irreflexivo. Harán lo que vean hacer a los más veteranos, casi con veneración, sin plantearse realmente si es correcto o no. Y he echado de menos una declaración de nuestro afortunado protagonista manifestando su error. El reconocer los errores te hace más grande, más sabio. Decir en voz alta que debía llevar chaleco, que debía estar atado, que el buen marino es el que no quiebra los estándares de seguridad. Que ponerte en riesgo no tiene ningún mérito. Solo entonces, a mi parecer, su relato se convertiría en heroico: no hice las cosas bien, debería haber dicho, y que mi imprudencia sirva de ejemplo a todos los que vienen por detrás.

Queda fuera de lugar los costes económicos y logísticos que tuvo todo el operativo. De lo que aquí se trata es de aprender la lección, de aceptar el error, sin matices. De decir bien alto y claro: me he equivocado y soy tan afortunado, que puedo contarlo:
¡No cometáis mi error!

Dani de Bita

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